Espiritualidad de una conciencia recta de pecado

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UNA CONCIENCIA RECTA DEL PECADO

“Nuestra conciencia, fiel espejo de nuestra vida moral, nos demostrará la vigilancia o negligencia que hayamos tenido”

(PNPF IV, 4)

Del testamento espiritual de Ntro. Padre Fundador:

Espiritualidad de una conciencia recta del pecado

 

 La sociedad actual padece un mal común que se propaga, y que diversos Pontífices han advertido:

  1. A mediados del siglo XIX, el 26 de octubre de 1946, escuchamos por primera vez una frase que es cada vez más vigente. El Papa Pío XII declaró que “el mayor pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado”.
  2. En 1984, San Juan Pablo II escribe que el hombre contemporáneo vive “bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una anestesia de la conciencia”. “La pérdida del sentido del pecado es una forma o fruto de lanegación de Dios. Si el pecado es la interrupción de la relación filial con Dios para vivir la propia existencia fuera de la obediencia a Él, entonces pecar no es solamente negar a Dios; pecar es también vivir como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria”.
  3. En 2006, el Papa emérito Benedicto XVI, declara que en el mundo actual, “La pérdida de la conciencia del pecado es una consecuencia de la pérdida del sentido de Dios. Donde se excluye a Dios de la vida pública, se pierde el sentido de la ofensa de Dios, la verdadera conciencia del pecado”. La causa de la falta de la conciencia de pecado es que: “si se elimina a Dios del horizonte del mundo, no se puede hablar de pecado, de la misma manera que cuando se esconde el sol desaparecen las sombras.”.
  4. En 2014, el Papa Francisco afirma que “cuando disminuye la presencia de Dios entre los hombres, “se pierde el sentido del pecado” y así puede suceder que le hagamos pagar a otros el precio de nuestra “mediocridad cristiana” Además, al perder el sentido del pecado, se pierde también “el sentido del Reino de Dios” y en su lugar, surge una “visión antropológica súper potente”, aquella por la cual “yo puedo todo”. “¡La potencia del hombre en lugar de la gloria de Dios!

Ya en los orígenes de nuestra Congregación, hace 14 décadas, para Nuestro Padre Refugio, era fundamental hablar sobre este tema para formar la conciencia de nosotras, sus hijas espirituales. Nos advierte que: “Navegamos en el proceloso mar de este mundo contra vientos y mareas.  Si no hacemos empeño de navegar a viva fuerza contra la corriente, seremos arrebatados de  ella” (PNPF V, 15.

 

En efecto, la cultura en que vivimos, pretende excluir el pecado y también la gracia; intenta racionalizar todo y justificar su existencia; proclama con dichos y hechos que todo es permitido, que nada es perjudicial y que sólo existe lo que vemos, lo que comprobamos y lo que es tangible. También en la vida consagrada podemos vivir con una conciencia adormecida para la que nada es pecado o es justificable por diversas circunstancias que explican nuestro actuar, aún tratándose de actitudes que no siempre son acordes al evangelio, a lo que pide nuestro Señor Jesucristo, o a lo que libremente hemos prometido.

El formar la conciencia, sólo puede ser fruto de acercarnos a Dios y mirarle de frente, de escrutar en Su presencia la experiencia de su bondad, de su gracia, de su misericordia, de su santidad. Esa ha sido la experiencia de los santos y por eso fueron capaces de experimentarse pecadores y así lo manifiesta nuestro Padre Fundador cuando dice: Yo, pecador ¡qué manantial de reflexiones! (PNPF I, 6). Centrarnos en nosotros mismos, es inútil para descubrirnos miserables y si lo lograrnos, el pecado nos hará sentir frustración, desánimo, tristeza o decepción. Pero centrarnos en la presencia de Dios y en el amor que nos ofrece, nos hará experimentar su grandeza y nuestra pequeñez, su gracia y nuestro pecado, su misericordia y nuestra miseria.

Otro aspecto en el que nos instruye Nuestro Padre Refugio, es sobre los efectos que causa el pecado: “Después que el pecado nos ha robado la paz y la tranquilidad de la conciencia; después que el orgullo, el amor propio y las pasiones han desgarrado nuestro corazón; después que se nos han escapado de las manos los gustos sensibles; luego nos salen al encuentro el despecho, la rabia y la desesperación o al menos el desconsuelo, la tristeza y desaliento”. Son estas algunas señales de que estamos en pecado y que nos apartan de la presencia de Dios y del plan de salvación que tiene para cada una de nosotras. Pero ante este reconocimiento, Dios se hace presente y nos muestra que “Si una mano omnipotente no nos abriera las puertas de la esperanza y del perdón en los momentos de naufragio, seguramente nos arrojaríamos en el camino de la perdición”. (PNPF I, 1).

Recordemos que “Cristo ha venido a salvar a los pecadores” y “ahí donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia”. El Señor quiere suscitar en nosotros el arrepentimiento, la humildad, la enmienda y el poner por obra una sincera confesión, teniendo la certeza de que “Nos confesamos a un Dios omnipotente, que nos ha sufrido y tolerado, y que en lugar de castigos quiere llenar nuestras almas de consuelos”. (PNPF I, 17).

Un ejemplo para reflexionar…

 

Un joven aventurero, movido por la curiosidad de conocer el Cristo Redentor de Concorvado, emprendió su viaje para comprobar por sí mismo la belleza y dimensiones de tal monumento. Había escuchado que es la mayor efigie de Cristo Rey en el mundo con 713 mts. de altura y que en el 2007 fue declarada una de las siete maravillas del mundo moderno, así que emocionado emprendió dicho viaje.

 

Al estar en Río de Janeiro, a las faldas del Cerro de Concorvado, contempló a lo lejos la imagen y se decepcionó al verla tan pequeña. Dudó si de verdad sería lo que tanto le habían contado. Continuó su camino en el tren y pasados diez minutos, a mitad del recorrido, vio nuevamente la escultura y la vio de su estatura. Se dijo: “En realidad, no es tan grande”. Entretenido con otros turistas, no se dio cuenta que habían llegado al pie del Cristo Redentor, y al ver el asombro en muchos, él también levantó la vista y pudo ver entre nubes la magnitud de aquella efigie a la que, deslumbrado por los rayos del sol y el brillo del granito,  ni siquiera alcanzaba a apreciar la grandeza real de aquel Cristo del que ahora sólo tenía una certeza: tenía los brazos abiertos…

Lo mismo nos pasa a nosotros. Cuando contemplamos a Dios “desde lejos” no le vemos como realmente es. Pero cuando escalamos en la oración para verle de cerca, apreciamos su grandeza, su bondad, su omnipotencia, su poder y ese amor que en la cruz, nos espera con los brazos abiertos.

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